Por Beatrice Pieper, directora de Uakix te Cuenta

Hay una idea que me ronda desde hace tiempo: no somos nuestras etiquetas.

Senior.
Junior.
CEO.
Experto.
Investigador.
Emprendedor.
Líder.
Referente.

Vivimos rodeados de palabras que intentan explicar quiénes somos.

Pero quizá deberíamos hacernos una pregunta anterior:

¿realmente necesitamos nosotros todas esas etiquetas o las necesita el sistema para poder ordenarnos?

El sistema necesita saber dónde colocarte

Una red social necesita saber si eres CEO, empleado, emprendedor o consultor.

Un algoritmo necesita categorías.

Una base de datos necesita campos.

Recursos Humanos necesita saber si eres junior o senior.

El marketing necesita colocarte dentro de un segmento.

Los buscadores necesitan palabras clave.

Y los medios de comunicación también necesitan, en un primer momento, entender quién eres, qué haces y por qué deberían escucharte.

El sistema clasifica porque necesita convertir una realidad extraordinariamente compleja en algo manejable.

El problema empieza cuando confundimos esa clasificación con la realidad.

Porque una persona no funciona como una base de datos.

Y la vida tampoco.

La vida es caos

Nos encanta intentar ordenar la vida.

Creamos horarios, carreras profesionales, planes estratégicos, organigramas, etapas, previsiones y estadísticas.

Y entonces llega la vida y hace lo que quiere.

Te enamoras de quien no estaba previsto.

Pierdes algo que dabas por seguro.

Conoces a alguien que modifica completamente tu camino.

Una idea que nació por casualidad termina convirtiéndose en tu profesión.

Algo que durante años consideraste un fracaso acaba siendo el origen de lo mejor que has construido.

Una enfermedad cambia tus prioridades.

Una conversación abre una puerta.

Un proyecto se derrumba y, precisamente porque se derrumba, aparece otro.

La vida es caos.

Aunque quizá no sea un caos sin orden.

Tal vez sea simplemente un orden muchísimo más complejo que el que somos capaces de introducir en una tabla de Excel.

La naturaleza también parece caótica hasta que descubrimos sus ritmos, sus ciclos, sus relaciones y sus patrones.

Quizá la vida humana funcione de una manera parecida.

Un caos ordenado de otra forma.

Y por eso intentar encerrar a una persona dentro de una etiqueta siempre deja fuera una parte enorme de ella.

La psicología lleva décadas estudiando algo parecido

Esta no es solamente una reflexión filosófica.

El psicólogo estadounidense Dan P. McAdams lleva décadas estudiando cómo construimos nuestra identidad y desarrolló una idea especialmente interesante: para comprender quién es una persona no basta con enumerar sus características, rasgos o roles.

Necesitamos conocer la historia que esa persona construye sobre su propia vida.

En 1993 publicó The Stories We Live By, fruto de más de diez años de investigación y cientos de entrevistas, cuestionando la idea de que la personalidad pueda comprenderse únicamente mediante características fijas.

Años después, McAdams y la psicóloga Kate C. McLean desarrollaron esta línea bajo el concepto de identidad narrativa: la historia interna y cambiante mediante la que conectamos nuestro pasado, nuestro presente y aquello que imaginamos para nuestro futuro.

Dicho de una forma mucho menos académica:

no somos solamente lo que somos hoy. También somos lo que hemos vivido, lo que hemos perdido, lo que hemos aprendido, lo que todavía buscamos y la historia que construimos con todo ello.

Y quizá por eso una etiqueta siempre se queda pequeña.

CEO puede explicar una posición.

Experto puede señalar un conocimiento.

Senior puede situar una trayectoria.

Referente puede describir el reconocimiento que otros conceden a alguien.

Pero ninguna de esas palabras puede explicar una vida.

Porque la coherencia humana no es solamente categorial. También es narrativa.

Y una historia nunca está terminada mientras seguimos vivos.

Un experto también puede estar perdido

Una persona puede ser experta en un campo y completamente ignorante en otro.

Puede dirigir una empresa y morirse de miedo.

Puede ser referente para miles de personas y sentirse profundamente sola.

Puede enseñar algo durante veinte años y seguir dudando.

Puede tener un currículum impecable y estar atravesando el peor momento de su vida.

Puede liderar hoy y necesitar mañana que alguien le tienda una mano.

Puede empezar de cero a los sesenta.

Puede tener veinticinco años y comprender algo que otros tardaron décadas en entender.

¿Dónde metemos todo eso?

No cabe en «CEO».

No cabe en «senior».

No cabe en «experto».

Y, desde luego, no cabe en «referente».

En prensa, la etiqueta abre la puerta. Pero no debería ser el final de la historia

Trabajo precisamente en un sector donde las etiquetas son necesarias.

Cuando desde Uakix te Cuenta presentamos a alguien a un periodista debemos explicar rápidamente quién es.

Investigadora especializada en…

CEO de…

Autor de…

Experta en…

Fundador de…

Es necesario.

El periodista tiene poco tiempo y necesita entender por qué esa persona puede aportar algo a una información, una entrevista o un reportaje.

Pero para mí ahí empieza la parte verdaderamente interesante.

Porque las etiquetas pueden servir para que un periodista sepa inicialmente quién eres. Mi trabajo empieza donde termina la etiqueta.

Empieza cuando intento descubrir:

¿Por qué sabes lo que sabes?

¿Qué ocurrió para que terminaras dedicándote a esto?

¿Qué pregunta llevas años haciéndote?

¿Qué has visto que otros no están viendo?

¿En qué te equivocaste?

¿Qué aprendiste cuando nadie miraba?

¿Qué experiencia personal existe detrás de aquello que hoy defiendes?

¿Qué te enfada?

¿Qué te emociona?

¿Qué cambiarías?

¿Qué todavía no entiendes?

Ahí empieza a aparecer la persona.

Y muchas veces ahí aparece también la verdadera historia periodística.

Un periodista no entrevista un currículum

Podemos construir perfiles profesionales impecables.

Títulos.

Másteres.

Premios.

Empresas.

Facturación.

Libros publicados.

Miles de seguidores.

Reconocimientos.

Pero una buena entrevista necesita algo más.

Necesita pensamiento.

Una mirada propia.

Experiencia.

Contradicciones.

Preguntas.

Historias.

Y, en definitiva, un ser humano.

Por eso algunas de las mejores entrevistas comienzan hablando con «la experta en X» y terminan descubriendo a una mujer que lleva veinte años investigando algo porque un día, cuando tenía dieciocho, le ocurrió algo que no pudo comprender.

O al empresario que creó una compañía después de arruinarse.

O al médico que empezó a investigar una enfermedad porque alguien de su familia la sufrió.

O a la científica que lleva años defendiendo una hipótesis que en su momento nadie quiso escuchar.

La etiqueta explica qué hace.

La historia explica por qué importa.

La autoridad mediática no consiste en autoproclamarse referente

Vivimos también un momento curioso.

Parece que todos tenemos que ser referentes.

Referente en liderazgo.

Referente en innovación.

Referente en inteligencia artificial.

Referente en sostenibilidad.

Referente en cualquier cosa.

Y a veces parece que basta con repetirlo suficientes veces para que termine convirtiéndose en verdad.

Pero la autoridad no funciona así.

La autoridad no nace solamente de decir quién eres.

Nace de tener algo que aportar.

De haber observado.

De haber vivido.

De haber estudiado.

De haber construido.

De haberte equivocado.

De haber cambiado de opinión.

De ser capaz de explicar algo de manera que otra persona comprenda mejor el mundo.

Y los medios de comunicación tienen algo especialmente valioso cuando funcionan bien:

no necesitan que tú les digas que eres referente.

Son otros quienes pueden decidir que merece la pena escucharte.

Humanizar no significa contar tu intimidad

Cuando hablo de mostrar la parte humana de alguien no estoy diciendo que haya que convertir una entrevista en una sesión de terapia.

Ni que para resultar interesante haya que exponer la vida privada.

Humanizar es otra cosa.

Es permitir que aparezca la persona que piensa detrás del cargo.

Que se entienda qué la mueve.

Que pueda mostrar dudas.

Que tenga una posición propia.

Que explique cómo llegó hasta ella.

Que pueda decir «no lo sé».

Que reconozca un error.

Que se emocione cuando habla de algo que realmente le importa.

Que exista algo más que un discurso perfectamente preparado por marketing.

Porque cuanto más intentamos controlar la imagen de alguien, más artificial puede terminar resultando.

Y cuanto más artificial resulta, menos memorable suele ser.

Cuando aparece el humano, ocurre la magia

Y quizá esta sea una de las razones por las que sigo creyendo profundamente en las buenas entrevistas.

Cuando en una entrevista aparece de verdad la parte humana de alguien es cuando se deja huella en quien la lee, en quien la escucha o en quien la ve.

Ahí ocurre la magia.

Dejamos de escuchar únicamente a un experto, una CEO, una investigadora o un referente.

Y empezamos a reconocer a otro ser humano.

Alguien que tuvo miedo.

Que dudó.

Que cayó.

Que acertó.

Que perdió algo.

Que volvió a levantarse.

Que ama.

Que busca.

Que todavía no tiene todas las respuestas.

Y entonces conectamos.

No con la etiqueta.

Con la humanidad.

Con esa humanidad común que aparece precisamente cuando dejamos de intentar tenerlo todo perfectamente ordenado, controlado y clasificado.

Porque quizá también haya belleza en el caos.

En el caos de una vida que nunca sigue exactamente el guion que habíamos escrito para ella.

En los encuentros inesperados.

En las pérdidas que nos transforman.

En las decisiones que tomamos sin saber del todo por qué.

En aquello que parecía un error y que años después comprendemos que nos estaba llevando hacia otro lugar.

La vida parece caótica.

Pero a veces tengo la sensación de que es un caos bastante más sabio que nosotros.

Un orden que quizá no comprendemos porque intentamos observarlo desde nuestras pequeñas categorías, nuestros calendarios, nuestros algoritmos, nuestros planes estratégicos y nuestras etiquetas.

Y quizá detrás de todo ese caos exista algo más.

Puedes llamarlo Dios.

Universo.

Vida.

Conciencia.

Destino.

O no ponerle ningún nombre.

Pero quizá haya algo mucho más grande que nuestras casillas y nuestros planes. Un orden que no necesita nuestras etiquetas para saber hacia dónde se mueve la vida.

Y cuando una entrevista consigue atravesar el personaje y llegar hasta el ser humano ocurre algo difícil de medir en impresiones, clics, audiencia o retorno publicitario:

alguien reconoce algo suyo en la historia de otro.

Ahí se llega de verdad.

Ahí se conecta.

Ahí se deja huella.

Y ahí, para mí, ocurre la verdadera magia de una buena entrevista.

Antes que referente, humano

Un humano nació y lloró.

Sintió miedo.

Fue querido o sintió que no lo querían.

Se equivocó.

Se enamoró.

Le rompieron el corazón.

Volvió a amar.

Tuvo ideas brillantes y otras bastante malas.

Abrió un negocio y se murió de miedo.

Consiguió algo importante y llamó a alguien para contárselo.

Se sintió invencible.

Se sintió perdido.

Necesitó una mano.

Y alguna vez fue él quien extendió la suya para levantar a otro.

Después llegó el sistema y le pidió que eligiera una categoría.

Quizá ahí esté la paradoja.

El sistema necesita etiquetas para manejarnos dentro de él.

Pero no deberíamos permitir que termine convenciéndonos de que somos únicamente aquello que cabe en sus casillas.

Porque la vida siempre será más compleja.

Más contradictoria.

Más inesperada.

Más caótica.

Y probablemente mucho más sabia que nosotros.

La visibilidad que deja huella

Cuando trabajo la visibilidad mediática de alguien necesito conocer sus etiquetas.

Claro que sí.

Necesito saber qué hace, qué sabe, qué experiencia tiene y por qué un periodista debería escucharle.

Pero después intento ir más allá.

Porque el cargo puede abrir una puerta.

El conocimiento aporta autoridad.

La actualidad convierte una historia en noticia.

Pero la humanidad es muchas veces lo que deja huella.

Y quizá la verdadera autoridad mediática no consista únicamente en conseguir que te vean.

Sino en conseguir que, durante unos minutos, alguien al otro lado te reconozca.

No como CEO.

No como experto.

No como referente.

Como otro ser humano intentando comprender este hermoso caos que llamamos vida.

¿Quieres aparecer en medios sin convertirte en un personaje?

En Uakix te Cuenta trabajamos la visibilidad mediática desde lo que una persona realmente puede aportar a la conversación pública: su conocimiento, su experiencia, su mirada, su historia y aquello que puede convertirse en noticia.

Porque aparecer en prensa no consiste solamente en conseguir impactos.

Consiste en encontrar qué merece ser contado y por qué alguien debería querer escucharte.

Si quieres saber qué posibilidades mediáticas tiene tu proyecto, tu trayectoria o tu conocimiento profesional, puedes solicitar un Informe de Viabilidad Mediática.

Referencia

McAdams, D. P. & McLean, K. C. (2013). Narrative Identity. Current Directions in Psychological Science, 22(3), 233-238. DOI: 10.1177/0963721413475622.

Como antecedente de esta línea de investigación: McAdams, D. P. (1993). The Stories We Live By: Personal Myths and the Making of the Self.